¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
De honor, de majestad, de gallardía!
¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,
De arenas nobles, ya que no doradas!


¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,
Que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre gloriosa patria mía,
Tanto por plumas cuanto por espadas!


Si entre aquellas ruinas y despojos
Que enriquece Genil y Dauro baña
Tu memoria no fue alimento mío,


Nunca merezcan mis ausentes ojos
Ver tu muro, tus torres y tu río,
Tu llano y sierra, ¡oh patria, oh flor de España!


A Córdoba, Luis de Góngora.


domingo 5 de julio de 2009

Nueva Era de vacaciones

Por fin he acabado esos examenes interminables, ahora tendre mas tiempo para publicar alguna entrada que otra, pero aun no, porque mañana a estas horas estare de vacaciones en Fuengirola, asi que hasta mi vuelta, el domingo, tendran que esperar, si ya se que no pueden vivir ni un solo dia mas sin visitar ni leer este blog, pero prometo que a mi vuelta intentare publicar con mas asiduidad.


Un abrazo a todos y hasta dentro de una semana.

Y no lo olviden: Salud y Republica.

5 comentarios:

Antonio Rodriguez dijo...

Pues nada que disfrutes de tu semana de vacaciones y espero que hayas aprobado todos tus examenes.
Salud, República y Socialismo

RGAlmazán dijo...

Pásalo bien, un abrazo y como no:
Salud y República

Selma dijo...

¡Te deseo todo lo mejor, Jose!
Aprobar... descansar y disfrutar..
Hasta la vuelta!

Un abrazo!

Jose dijo...

Gracias a todos, los examenes han ido bien.

Un abrazo

Corpi dijo...

Que las disfrutes y ya nos contarás a la vuelta.
Un saludo

Explico algunas cosas -- Pablo Neruda

Preguntaréis: ¿Y dónde están las lilas?
¿Y la metafísica cubierta de amapolas?
¿Y la lluvia que a menudo golpeaba
sus palabras llenándolas
de agujeros y pájaros?

Os voy a contar todo lo que me pasa.

Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas,
con relojes, con árboles.
Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
Mi casa era llamada
la casa de las flores, porque por todas partes
estallaban geranios: era
una bella casa
con perros y chiquillos.

Raúl, ¿te acuerdas?
¿Te acuerdas, Rafael?
Federico, ¿te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?
¡Hermano, hermano!

Todo
eran grandes voces, sal de mercaderías,
aglomeraciones de pan palpitante,
mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua
como un tintero pálido entre las merluzas:
el aceite llegaba a las cucharas,
un profundo latido
de pies y manos llenaba las calles,
metros, litros, esencia
aguda de la vida,
pescados hacinados,
contextura de techos con sol frío en el cual
la flecha se fatiga,
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el mar.

Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.

¡Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiarían!

¡Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!

Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.

Preguntaréis: ¿por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?

¡Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

Las mujeres de los rojos -- Consuelo Ruíz

Quisiera escribir un himno

a un pobre racimo humano

las mujeres de los rojos

que en España nos quedamos,

para las que no hubo escape,

para las que no hubo barco.

Las que nos quedamos solas

con sus hijos en los brazos,

sin más sostén ni más fuerza

que el que daba el estrecharlos

como prendas de un amor

contra nuestros pechos flácidos.

Todos perdimos la guerra,

todos fuimos humillados,

pero para las mujeres

el trance fue aun más amargo.

Largas colas en Porlier

con nuestros pobres capachos.

Caminatas bajo el sol

con los pies semidescalzos.

Caminatas sobre el hielo

tiritando en los harapos.

Largas, duras caminatas

en busca de algún trabajo.

Cansancio y humillación

si lograbas encontrarlo

y si no lo conseguías,

humillación y cansancio.

Por el pan de nuestros hijos,

siempre un combate diario.

¡Esos días siempre solas,

esos días largos, largos,

que fueron semanas, meses,

que fueron tanto, tanto que,

entre dolor y entre lágrimas,

se convirtieron en años!

Nuestros hombres en la cárcel,

nuestros hombres exiliados,

nuestros hombres cada día

cayendo como rebaños

en manos de furia ciega

de matarifes fanáticos.

Y las mujeres seguimos,

a nuestro modo luchando

y esa guerra, sólo nuestra

esa guerra la ganamos.

Los hijos de nuestros hombres

quedaron en nuestras manos

y supimos inculcarles

un culto casi sagrado

por los muertos, los ausentes,

los padres que les faltaron.

Se los pusimos de ejemplo

porque siguieran sus pasos

y logramos convencerles

de que eran buenos y honrados,

aunque en la calle, en la escuela,

les dijeran lo contrario.

Éramos pobres mujeres

y supimos elevarnos

sobre el dolor, sobre el miedo,

sobre el hambre y el fracaso

y criamos nuestros hijos

dignos de sus padres, bravos;

serios, dignos, responsables.

Los íbamos cultivando

pilares para un futuro

que aún parecía lejano

y en el que siempre creímos

con los puños apretados.

Quisiera escribir un himno,

grande, estupendo, fantástico,

de pobres mujeres débiles

con heroísmos callados,

de esfuerzos y sufrimientos

que eran el vivir diario

y, que a pesar de ello supieron,

con un esfuerzo titánico

ir manteniendo la llama

de amor al padre lejano,

al padre que estaba preso

o al que habían fusilado.

Yo quisiera a voz en grito

poder entonar un cántico

que dijera todo eso,

que bastante hemos callado.

las mujeres de los rojos

que en España nos quedamos

creemos tener, al menos,

el derecho de contarlo.